Review: Un año con Wacom Graphire 4
Mi primer pensamiento tras instalar la tableta gráfica Graphire 4 fue que los cien euros que había invertido en ella habían ido a dar con los huesos en el retrete. ¿Qué utilidad podía sacarle yo a un artefacto al que sin duda nunca podría habituarme? Era ciertamente un artilugio de lo más vistoso, blanco y elegante, con una lucecita azul espectral y aspecto de pastel de nata de metacrilato, más apropiado para colocarlo junto a un equipo Apple que justo encima de mi Compaq Presario. Ha pasado un año desde aquel día y ahora estoy convencido de que se trata de una de las inversiones más astutas que he realizado en mucho tiempo.
De modo que allí estaba yo, excitado como un colegial ante la perspectiva de que mi nueva adquisición me ayudara a trabajar más confortablemente con el ordenador, sobre todo cuando abría Xara Xtreme y me esforzaba en dibujar algo que mereciera la pena (¡un propósito vano por mi parte!). Pero la verdad es que en un primer momento me sentí muy frustrado: manejar un lápiz en lugar de un ratón era bastante más complicado y menos intuitivo de lo que yo había previsto, aunque luego descubriría que en realidad era sólo una cuestión de práctica. Por simplificarlo tanto como es posible, una tableta gráfica consiste en un panel plano que contiene los circuitos y un lápiz digitalizador –sin pilas, en el caso de Wacom– que el usuario debe desplazar sobre la base para controlar el cursor en la pantalla. Sin embargo, y a diferencia de lo que sucede con los ratones, la base de la tableta equivale a la pantalla al completo, lo que quiere decir que si el usuario levanta el lápiz por encima del radio de acción de los circuitos –aproximadamente dos centímetros– y a continuación lo sitúa de nuevo sobre la base en, digamos, una esquina, el cursor «salta» a la esquina, pues cada punto de la zona activa de la tableta constituye un reflejo gemelo proporcional del monitor.
